Los nombres perdidos
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Los nombres perdidos
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© Autor: Ritzman Chanes – Martín Sánchez Barba
© OBRA REGISTRADA y sellada
Fecha: 30 de mayo de 2025. Certificado en
OpenTimestamps, Blockchain y en red IPFS.
donde está alojado permanente
Todos los derechos reservados
Sinopsis:
Manuel ya no recuerda su nombre. Pero otros sí. Una sala sin salida. Libros sin autor. Historias que se parecen demasiado. Cada nombre olvidado es una puerta.
Pero no todas deberían abrirse.
¿Y si nunca fue uno solo? ¿Y si alguien ya escribió su final?
¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para recuperar a alguien que el mundo ha olvidado?
En La biblioteca de los nombres perdidos, te invito a explorar un lugar fuera del tiempo, donde los recuerdos se desvanecen y los nombres tienen un precio. Es una historia sobre el sacrificio, el amor fraternal y los rincones más oscuros de la memoria.
Inspirado en esos silencios que deja el olvido, este relato corto te lleva por pasillos infinitos, voces que susurran desde el pasado, y decisiones que marcan para siempre.
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Los nombres perdidos
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—¿Te acuerdas de Lola?
Mi madre levantó la vista del plato con y me miró frunciendo el ceño.
—¿Lola? No sé de quién hablas.
No supe qué responder. Lola era mi hermana. Habíamos crecido y vivido juntos. Pude recordar con claridad la marca que dejó en la pared cuando era niña, la manera que cantaba cuando estaba contenta, el vestido azul que usaba los domingos. Pero frente a mí, mi madre me miraba con una calma tan absoluta que me hizo dudar.
—No importa —dije al final, fingiendo que había sido un error. Pero no lo era.
Dos días después, entré en su habitación. Todo estaba tal como lo recordaba: su cama, sus libros, el espejo junto a la ventana. Pero algo no encajaba, ya no aparecía en Las fotos familiares. Donde antes estaba su cara, ahora solo había un espacio vacío.
Hoy, ha sido la primera vez que escuché hablar sobre la Biblioteca.
—Dicen que está en algún lugar bajo la ciudad —me comentó un viejo librero de la cuesta el Bollano, cuando le pregunté por las desapariciones sin rastro de personas—. Guarda los nombres de los que han sido olvidados. Pero ten cuidado, muchacho. Si buscas demasiado… tú también podrías perderte.
No le hice caso. Lola me esperaba en algún sitio. Y yo estaba dispuesto a encontrarla.
El librero me dio una dirección aproximada, pero no un mapa.
—No busques la entrada —advirtió mientras ordenaba unos tomos viejos—. La Biblioteca no aparece ante los que la buscan. Es ella quien decide cuándo dejarse encontrar.
—¿Cómo sabré que estoy cerca? —pregunté.
—Lo sabrás cuando empieces a olvidar cosas en tu vida..
Aquella respuesta se quedó conmigo durante días.
Esa tarde, recorrí la ciudad hasta que anocheció. Caminé por callejones, crucé puentes y plazas, busqué en parques y edificios.Y no encontré nada. Pero cuando volví a casa, noté algo extraño.
El espejo del pasillo.
Junto a él siempre había un retrato colgado. Un cuadro pequeño de Lola y yo cuando éramos niños. El retrato ya no estaba. Ni siquiera quedaban marcas en la pared.
Salí de nuevo a la calle sin pensarlo dos veces.
Corrí por las mismas calles que había recorrido antes, como si esperar en casa pudiera borrarme más cosas. Pasé frente a tiendas cerradas, esquinas vacías y luces parpadeantes. Pasé por un barrio al que nunca accedí
Entonces lo vi. Era un pequeño edificio, casi oculto entre los demás pero con una puerta de metal abierta.
Me acerqué. Parecía una entrada a la nada, se extendía un pasillo estrecho y largo, me llevó a unas escaleras que descendían. Empecé a bajarlas sin detenerme. A cada paso que daba, el aire se volvía más frío. Las luces eran tenues, casi inexistentes. No había sonido, salvo el eco de mis propios pasos. Y llegué.
Entré a una sala inmensa, llena de estantes que se extendían más allá de lo que podía ver. No había colores. Todo era gris, pálido, como si las paredes estuvieran hechas de niebla sólida.
Las estanterías no contenían libros, sino archivadores metálicos con etiquetas escritas a mano. Algunas etiquetas eran claras, otras estaban borrosas, y unas cuantas no tenían nada escrito. Pasé la mano por uno de ellos. Al tocarlo, sentí un leve latido, como si la caja estuviera viva.
—¿Estás buscando a alguien'.
La voz me sobresaltó.
Giré y vi a una mujer mayor, sentada tras un escritorio de madera. Me observaba con calma, como si llevara allí toda la vida.
—Sí… Estoy buscando a mi hermana.
La mujer asintió despacio y sacó un cuaderno negro de un cajón.
—Nombre.
—Lola.
El lápiz se detuvo antes de tocar el papel.
—¿El apellido?
Abrí la boca para responder. No me salía nada. Me quedé allí, con el corazón acelerado, mientras intentaba recordar algo tan simple.
—No… no lo sé.
La mujer me miró con tristeza.
—Entonces es posible que ya esté aquí.
—¿Aquí dónde?
—Entre los olvidados.
Volvió a guardar el cuaderno sin anotar nada y señaló hacia los estantes.
—Puedes buscarla. Pero ten cuidado. Cuando encuentras un nombre, otro se pierde.
No entendí sus palabras hasta que comencé a mirar en las cajas de las librerías.
Lola. Sabía que era mi hermana. Sabía cómo era su rostro, su risa. Pero según pensaba en ella, los detalles se desvanecían. Primero fue el sonido de su voz. Luego, el día en que cumplimos diez años. Y a cada archivador que abría, sentía que dejaba algo atrás. La mujer no me había mentido. Al encontrar su nombre, algo mío se estaba perdiendo.
Fui abriendo uno por uno los archivadores. Algunos no tenían nada. Otros escondían papeles arrugados con nombres escritos a mano, con letra insegura, casi infantil. Pero ninguno decía “Lola”.
Noté que hacía más frío, o quizá solo era yo. Me estremecí, aunque seguí mirando. Los estantes se volvían más largos, más lejanos. Caminaba y caminaba, hasta darme cuenta que ya no sabía qué buscaba. Me detuve.
—Lola… —murmuré, y el sonido me pareció raro, como si viniera de otra parte.
Un sudor helado me bajó por la espalda. Intenté recordarla, cerré los ojos con fuerza: su pelo, su risa, sus manos. Pero todo se deshacía apenas lo tocaba. Al abrirlos, descubrí que había una puerta frente a mí. De hierro. Sin manija, sin cerradura. La empujé, y se abrió sola.
Entré en una habitación más pequeña. En el centro había una mesa con una carpeta.
El nombre escrito en la tapa me dejó mudo: “Lola.”
Me temblaban los dedos al abrirla. Dentro había fotos, cartas, trozos de papel con su letra. Todo me era familiar, pero no podía recordar los momentos. Me dolía el pecho del estrés..
Entonces lo vi. Bajo su nombre, apenas visible: “Manuel.” Era mi nombre.
Tragué saliva.
—¿Por qué…?
—Porque es el precio.
La voz me hizo girar de golpe.
Era la mujer del escritorio.
—No puedes llevarla contigo sin dejar algo atrás —dijo mientras entraba en la sala.
—¿Qué significa esto?
—Ella ha estado aquí mucho tiempo. Tanto que traerla de vuelta requiere un intercambio.
—¿Qué debo dejar?
La mujer me miró con tristeza.
—Tu nombre.
Di un paso atrás.
—¿Mi nombre?
—Sí. Puedes recuperar a Lola. Pero si lo haces, olvidarás quién eres. Tu nombre desaparecerá de ti y de todo lo que te rodea.
Las palabras me pesaron en los hombros. Miré la carpeta abierta, las fotos, las cartas. Sabía lo que significaba. Si la tomaba, Lola volvería. Pero yo…
—No hay otra forma, ¿verdad?
—No.—La mujer negó con la cabeza.
Hubo un silencio denso
—¿Ni siquiera yo? —repetí, sintiendo que las palabras se atascaban en mi garganta.
La mujer asintió lentamente.
—Tu rostro permanecerá. Tu cuerpo, tus pasos, pero serás una sombra sin historia. Alguien sin un lugar al que pertenecer.
Miré de nuevo las fotos de Lola. Sus ojos en las imágenes parecían mirarme directamente, como si supiera lo que estaba pasando.
—¿Y ella?
—Lola volverá. Y recordará. Pero tú serás para ella… un extraño.
Un extraño. La idea se instaló en mi mente como un veneno lento. Si la traía de vuelta, nunca sabría que yo había sido quien la buscó, quien recorrió la Biblioteca hasta encontrarla. Nunca sabría cuánto me había costado.
La mujer permanecía en silencio, esperando.
—¿Qué pasa si no lo hago?
—Entonces Lola seguirá aquí. Y tú la olvidarás por completo, como ha ocurrido con tantos otros.
Me apoyé en la mesa, sintiendo cómo el aire se volvía denso. La puerta detrás de mí seguía abierta. Era una salida. Una oportunidad de regresar y continuar mi vida. Pero cada paso que daba en dirección a la salida alejaba a Lola un poco más.
—Quiero que regrese —susurré finalmente, con la voz quebrada.
La mujer asintió.
—Entonces abre el archivador.
Mis manos temblaron mientras tocaba la carpeta con mi nombre. Al levantarla, sentí algo extraño, como si un hilo invisible que me mantenía atado al mundo se rompiera lentamente.
Un ligero mareo me recorrió. Pero Lola… ella volvió.
No la vi aparecer de inmediato, pero lo supe. Algo en la Biblioteca cambió.
La puerta de hierro se cerró detrás de mí con un leve chasquido.
—Ha terminado —dijo la mujer.
Cuando levanté la vista, ya no estaba.La Biblioteca estaba vacía. Subí lentamente las escaleras, recorrí el largo pasillo de vuelta, saliendo a la calle. El aire era más cálido fuera, la ciudad parecía exactamente igual. Pero algo había desaparecido.
Seguí caminando, intentando recordar a dónde iba. Un nombre cruzó fugazmente mi mente, pero se desvaneció antes de que pudiera retenerlo. Había alguien a quien había estado buscando… pero no sabía quién era. Solo sabía que la había encontrado. Y que ahora estaba donde pertenecía.
Los días pasaban, uno tras otro, Caminaba por la ciudad, buscando señales invisibles, que me guiaran sin decirme hacia dónde. Hasta una tarde cualquiera, en medio del parque, la vi. Estaba sentada en un banco, con los ojos cerrados, el rostro inclinado hacia el sol. Su pelo caía en ondas suaves sobre los hombros, y no hacía nada más que estar ahí.
Me quedé quieto, a unos pasos. Mirándola. Incapaz de seguir. Entonces, ella abrió los ojos y me vio. Sonrió.
—Hola —dijo, como si me conociera.
—Hola… —respondí, sin saber por qué me temblaba la voz.
Me miraba curioseando.
—¿Nos conocemos? —me preguntó.
—No lo creo.— aunque algo en mí quería decir lo contrario.
—Bueno… —me dijo—. Es curioso, tengo la sensación de haberte visto antes.
Su voz me resultaba familiar, pero no sabía de qué.
—¿Quizás en otra vida? —bromeó.
Nos callamos, aunque no recordara su nombre, yo sabía que ella había vuelto.
Volví a casa, intentando recordar a dónde iba. Cuando llegué, el reflejo del espejo en el pasillo era una imagen extraña. Era yo, pero no como siempre.
Fui al baño, encendí la luz y me miré de cerca. Algo en mi rostro estaba cambiando. Busqué en los cajones algún documento, mi identificación, revisé papeles, fotos, algo que confirmara quién era yo. Pero no había nada. Nada tenía mi nombre.
Esa noche, soñé con la Biblioteca. Vi como los estantes se alargaban hasta el infinito. Parecía que había una figura al fondo pero no podía distinguir quién era. Me llamaba, pero ella no pronunciaba ninguna palabra. Al día siguiente, volví al lugar donde creí haber encontrado la entrada. No existía. No había rastro del edificio, ni de la puerta, ni del pasillo. Solo había un muro lleno de carteles pegados y alguna pintada. Como si nunca hubiera estado allí.
Mi reflejo seguía cambiando cada vez que me miraba en un espejo o en los cristales de los escaparates.
Tras las cristaleras de un Café, vi a la mujer de la Biblioteca. Estaba sentada leyendo, como cualquier otra persona. Me acerqué, y ella me miró despacio.
—Sabía que vendrías —dijo con una tranquilidad misteriosa.
—No recuerdo quién soy —susurré.
—Eso es porque ya no llevas tu nombre contigo.
Me senté frente a ella.
—Quiero recuperarlo.
—No es tan fácil. El nombre que perdiste… ahora pertenece a la Biblioteca.
—¿Hay alguna forma de traerlo de vuelta?
—Tal vez —dijo ella—. Pero hay reglas que no puedo saltarme.
—¿Reglas?
Ella se inclinó hacia adelante y bajó la voz
—Hay una puerta secreta en la Biblioteca. Dicen que tras ella se encuentran los nombres de aquellos que nunca debieron ser olvidados. Pero si cruzas esa puerta, lo que encuentres allí podría no ser lo que esperas.
Sabía que no había otra opción. Debía volver allí.
A medianoche, busqué de nuevo en las calles hasta que encontré el portal. Pero esta vez, el pasillo descendía más profundo que antes. La escalera no acababa, como si la Biblioteca hubiera crecido desde mi última visita. Cada paso me alejaba del mundo que conocía y me acercaba a algo desconocido.
Cuando llegué al final, la sala de estanterías seguía allí, pero diferente. Los archivadores estaban más oscuros, como si la misma luz no los alumbrara.
La mujer del escritorio ya me estaba esperando.
—Has vuelto demasiado pronto —dijo, sin mirarme directamente.
—No puedo quedarme sin nombre —respondí, con firmeza.
Ella suspiró, apoyando las manos sobre la mesa.
—Lo que buscas está detrás de esa puerta.
Señaló hacia el fondo de la sala, donde apenas podía distinguirse una puerta, oscura y sin pomo.
—¿Esa es la puerta que no debía cruzar? —pregunté, avanzando lentamente.
—La misma.
Me detuve frente a ella.
—¿Qué encontraré allí?
—A ti mismo —susurró—. Pero no de la forma que esperas.
La madera de la puerta era áspera. Al apoyar la palma, sentí un leve latido, como si el marco estuviera vivo. Empujé, y la puerta se abrió con un gemido largo y doloroso. Al otro lado, una sala pequeña y oscura me esperaba. En el centro, había nuevamente una mesa sencilla con una caja de metal. Con mi nombre.
Lo supe de inmediato. Era mi letra.Avancé con cautela y tomé la caja. Estaba fría.
La abrí lentamente y encontré solo un objeto en su interior: una fotografía.
Era una imagen de Lola y yo, sentados en el jardín de casa cuando éramos niños. Pero lo que me heló la sangre fue que en la foto, mi rostro se estaba desvaneciendo.
—Cada vez que intentes recuperar tu nombre, perderás otra parte de ti —dijo la mujer desde la puerta—. No puedes evitarlo.
Me quedé mirando la foto durante largos minutos.
—Si dejo esta caja aquí… —susurré—, ¿qué pasará con Lola?
—Seguirá en el mundo. Tú serás el único que no la recordará.
La habitación pareció encogerse a mi alrededor. No era una decisión fácil. Pero en el fondo, ya sabía cuál era la respuesta. Cerré la caja con delicadeza y la volví a colocar sobre la mesa.
—Déjala aquí.
La mujer asintió, con la misma tristeza que parecía acompañarla siempre.
Cuando salí de la sala y la puerta se cerró detrás de mí, supe que nunca volvería a verla. Subí las escaleras hacia la superficie, sintiendo cómo, con cada paso, una parte de mi historia se alejaba. Al llegar a la calle, la noche parecía más oscura que antes. Y aunque no recordaba exactamente a quién había estado buscando, sabía que estaba a salvo. No llevaba un nombre, pero algo en mí supo que había hecho lo correcto. A veces, perderse a uno mismo es el precio que se paga por salvar a quien más importa.
Los días que siguieron fueron borrosos.
Me levantaba y recorría las calles con la vaga sensación de estar buscando algo sin recordarlo. Los rostros familiares que encontraba a diario me miraban con una mezcla de confusión y distancia. Al principio, pensé que era mi imaginación. Nadie me llamaba por mi nombre. Cuando iba a una tienda o hablaba con algún vecino, evitaban referirse a mí directamente, como si el simple hecho de nombrarme se les escapara de la lengua.
—Gracias… —solían decir al entregarme algo, pero nunca completaban la frase.
Me acostumbré al silencio. Sin embargo, lo que realmente me inquietaba no era que ellos no recordaran. Era que yo tampoco lo hacía. No importaba cuánto lo intentara, mi propio nombre se deslizaba de mi mente como un sueño al despertar.
Esa tarde, mientras cruzaba el parque, volví a verla.
Lola.
Estaba sentada bajo un árbol, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Miraba a la gente pasar tranquila.
Yo quería acercarme, para decirle algo, pero no sabía qué podía contarle. Di un paso hacia ella y Lola giró la cabeza y me miró. Sus ojos me miraron durante un largo segundo. Pero su mirada pasó de largo, como si yo fuera un extraño más entre la gente.
El golpe fue más duro de lo que creía. Me quedé allí, pasmado, mientras ella volvía a mirara la gente que paseaba. Yo no podía culparla. Era el precio que pagué cuando dejé la caja en aquella sala.
Me di la vuelta y continué caminando, pero antes de perderla de vista, ella se levantó.
Lola se giró un segundo, como si la hubiera llamado. Me miró de nuevo. No dijo nada, pero sus ojos se fijaron en los míos. Y aunque no fue mucho, sentí que una pequeña chispa había quedado encendida.
Tal vez… tal vez no todo estaba perdido.
A veces, la memoria encuentra formas de regresar, incluso cuando los nombres ya se han desvanecido.
FIN
Título: © La biblioteca de los nombres perdidos
Autor: Ritzman Chanes
© OBRA REGISTRADA Fecha: 30 de mayo de 2025.
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