Relato Misterio | SEPTIMO

Relato misterio | Séptimo


 

 

Título: Séptimo
Autor: Ritzman Chanes
Formato: Relato
Género: Novela negra / Thriller psicológico / Ficción especulativa. 

Extensión: 


© 
Obra registrada y sellada el 05/05/2025. Disponible para Editoriales.

 



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Séptimo 


Autor: Ritzman Chanes
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El sol de las once caía limpio sobre las fachadas desconchadas en la ciudad costera del norte de España. A ese ritmo de lunes: algo lento, algo roto.

Desde el séptimo piso, Gracibel abrió la ventana como cada mañana. No por que entrara aire fresco —que no había— sino por la costumbre.

Milo, su gato, fue directo al alféizar. Lo hacía siempre. Buscando un pequeño templo de sol donde tumbarse, ajeno al ruido, a los siete pisos de vacío bajo sus patas. Gracibel puso la cafetera. Se distrajo mirando su móvil. No oyó nada al principio. Solo el zumbido eléctrico del mundo.

Entonces, el aire cambió.
Dos gaviotas aparecieron desde lo alto, en picado. Silenciosas. Sin avisar.

El primer impacto fue seco: una garra en la espalda de Milo, otra en la base de su cuello. El gato giró con un chillido agudo, casi humano. No tuvo tiempo de defenderse. La segunda gaviota se lanzó sobre su costado y entre las dos lo levantaron con torpeza, como si el cielo tirara de él a tirones. Sus patas arañaron el aire. Un zarpazo falló. Luego ya no hubo más zarpazos.

Cayeron juntos al vacío: los tres, enredados en alas, garras y miedo.
Un golpe sordo abajo, seguido del graznido de las dos asesinas. Luego, el silencio.

Gracibel se quedó quieta, con el codo en el marco, como si su cuerpo aún no entendiera lo que había pasado. El alféizar estaba vacío. Solo quedaba una pluma blanca, flotaba, atrapada en una corriente de aire que la hacía girar, sin decidirse a caer. Cerró la ventana. Apagó la cafetera. No lloró. No gritó. Solo se quedó de pie, con las manos colgando, como si le hubieran quitado algo más que un gato.

El día siguió su curso diario: cláxones, persianas, voces de patio. Pero algo en la ciudad se había roto. Algo delgado, apenas visible. En la playa, dos gaviotas peleaban desgarrando un bulto irreconocible entre algas y restos de espuma gris. Unos niños las miraban desde lejos. Uno rió. Otro hizo una mueca.
—Mira que son bestias —dijo la madre.
—Es su forma —añadió el padre, sin mucha convicción.

El niño más pequeño recogió una pluma y la guardó en el bolsillo. No sabía por qué. Solo lo hizo.
La ciudad no cambió. Pero ese día, algunos caminaron mirando un poco más al cielo. Otros, al alféizar vacío. Y el viento, al pasar por los edificios, sonaba extraño.


Esa noche, Gracibel no durmió. Dejó la ventana cerrada. Más que por miedo por vergüenza.
En la cocina, la taza de café seguía llena, fría. Sobre la mesa, el cuenco de Milo, con dos bolitas de pienso húmedas, ya estaban deformadas.

Pasó las horas en la silla, sin luces. El móvil sin batería. La televisión apagada. No soltó ni una lágrima. Pero cada tanto, se le escapaba un movimiento del brazo,esperando que algo familiar roce su pierna.El cuerpo tarda en aceptar el hueco del duelo.

Al amanecer, abrió la puerta. Bajó a la calle. Nunca había bajado tan temprano. Caminó sin rumbo hasta el malecón. La ciudad estaba aún a medio despertar: farolas encendidas, calles húmedas, un camión de basura gruñendo en la cuesta. Se detuvo frente a la playa.

En la arena, dos gaviotas comían algo enredado en plumas sucias. Una tercera las vigilaba desde un poste oxidado. Gracibel no se acercó. No lo necesitó. Yo lo sabía. No dijo nada. Tampoco hizo nada. Solo se sentó en un banco, con las manos en el regazo mirando al mar, durante un buen rato. Y sin aviso, el cuerpo decidió llorar por su cuenta.

No fue un llanto dramático. Solo fue un goteo callado, como si el alma se le estuviera descongelando desde dentro.

Cuando volvió a casa, limpió el cuenco de Milo, dobló su mantita y la guardó en un cajón.
Luego se sentó, puso agua a hervir, y se dijo, en voz baja:

—Algo se ha roto. Y sin embargo... el día sigue.

Gracibel se quedó un rato en silencio, con las manos alrededor de la taza. Sin beber, se aferraba al calor como si eso bastara para seguir siendo alguien. Desde la ventana vio pasar una ambulancia sin sirena. Luego un camión de recogida de residuos, lleno de colchones viejos.
Después, nada.Encendió la radio. Voces planas. Tráfico, tiempo, una canción anodina.
Ni una palabra sobre el gato. Ni sobre las gaviotas. Ni sobre lo que ella sabía —o empezaba a intuir— que no era normal.

Esa noche, desde el balcón, vio otras dos gaviotas atacando algo en la azotea de enfrente. No era un gato. No alcanzó a ver qué era. Pero la forma... se arrastraba.

Al día siguiente, el portero del edificio no estaba. Tampoco la vecina del quinto, la del perro chihuahua que ladraba a todo. En el grupo del edificio, nadie decía nada. Solo memes y ofertas del súper. En la tercera noche, Gracibel soñó con alas. Muchas. Cubriendo el cielo.
Al despertar, supo que no eran sueños. Solo advertencias. Y que nadie estaba escuchando.

Al cuarto día, alguien lo grabó. Dos gaviotas arrastrando a un gato por la cornisa de un hotel en la calle del puerto. Una tercera graznaba desde un cable. El vídeo duraba veintisiete segundos.
En el audio se oía una voz riendo. Otra diciendo: "Bro, mira eso. Mira cómo lo revientan."

Se subió a redes.
En menos de una hora tenía 80.000 visitas.
En seis, salía en medios digitales.
“Bandada salvaje aterroriza ciudad costera”, titulaban, como si fuera una anécdota divertida.
Cortinillas, emoticonos, música de fondo.

Gracibel lo vio en su móvil, sentada en el mismo sitio de siempre. Lo vio sin volumen. Lo volvió a ver con sonido. Luego lo apagó. Sintió un vacío más grande. En el mercado, la gente comentaba:

—Qué horror.
—Qué fuerte.
—¿Lo viste? Está en TikTok también.

Alguien vendía camisetas con una gaviota dibujada a lo Godzilla. Alguien propuso un filtro con plumas cayendo sobre selfies. Nadie hablaba de las desapariciones. Ni del portero. Ni de la vecina. Ni de lo que se arrastraba aquella noche por la azotea. Ni de Milo.

Y así, la ciudad, sin darse cuenta, empezó a reírse de su propio final.
A los ocho días, llegó el comunicado oficial.

El Ministerio de Medioambiente, en coordinación con el Departamento de Bienestar Animal, condenaba "la creciente exposición mediática de ataques instintivos entre especies no humanas", y advertía que grabar o difundir tales contenidos podría constituir un delito contra la dignidad biológica.

Gracibel lo leyó en voz alta. Se rió sin alegría.

—Privacidad para las gaviotas —murmuró—. Qué tiempos.

El documento hablaba de “derecho a la imagen no consensuada”, “estigmatización de aves carroñeras” y “dolor simbiótico en ecosistemas urbanos”.

No mencionaba a Milo. Ni al portero. Ni a la vecina del quinto.

Esa noche, las redes ardían. Algunos aplaudían la ley. Otros la satirizaban con memes: gaviotas pixeladas, testimonios falsos, vídeos editados con blur. Los verdaderos ataques siguieron ocurriendo, pero ahora en silencio. La gente ya no grababa. Solo miraba. Y luego bajaba la cabeza. Como si fuera un fenómeno natural inevitable.


Un día encontró en su buzón un folleto institucional:

"Convivencia y Respeto: Guía ciudadana para entender el comportamiento de las especies aladas urbanas."

Lo tiró sin abrirlo. Pero se quedó temblando. Porque al doblar la esquina, una gaviota la miraba fijo desde una barandilla. Como si supiera leer.


Desde el anuncio del gobierno, la ciudad dejó de hablar del tema.
Las gaviotas siguieron atacando. A veces a gatos. A veces a perros pequeños. Una vez a un anciano que cayó al suelo y murió dos días después por complicaciones. Pero no hubo culpables.
Solo notas de prensa pidiendo “prudencia” y “no alimentar la histeria colectiva”.
Los medios, domesticados, hablaban de otra cosa: festivales, estrenos, sostenibilidad.

En los balcones, la gente seguía poniendo comederos para pájaros. En los parques, los niños lanzaban migas a bandadas cada vez más grandes. Gracibel observaba desde su séptimo piso. No volvió a tener mascotas. Tampoco volvió a abrir del todo la ventana.

El relato viral del principio se convirtió en tendencia, luego en broma, y por último en olvido.
Porque así funciona. Algo ocurre. Se graba. Se comenta. Y luego se pasa a otra cosa.
Sin duelo. Sin solución.

Gracibel lo entendió cuando leyó una encuesta en la que el 62% de los ciudadanos opinaban que “las gaviotas tienen derecho a defender su espacio”. La otra opción era “el gato no debería haber estado ahí”. Así se entierra una sociedad: no con catástrofes, sino con justificaciones.

Una tarde, Gracibel salió al balcón con un plato vacío.
Lo puso en el alféizar. Esperó. No para dar de comer a nadie. Solo para ver. Para recordar
Y las gaviotas llegaron, como siempre. No atacaron nada, solo revolotearon, miraron y se fueron.

Ella entendió que la ciudad había cambiado. Que ya no era lugar para pequeños refugios. Que el silencio y la indiferencia eran la nueva rutina. Guardó el plato. Cerró la ventana. Y se quedó mirando el horizonte, donde el mar se confundía con el cielo.

El día seguía, implacable. Pero en algún lugar, algo se había perdido para siempre.

Fin



© Ritzman Chanes  
 


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Esta obra ha sido registrada y alojada permanente desde la fecha en: Blockchain y en la red IPFS. Archivo alojando permanente en IPFS desde 05/05/2025. Todos los derechos reservados. Queda prohibida la copia y distribución, sin autorización del autor.

Título: Séptimo
Autor: Ritzman Chanes
Género: Relato negro / Thriller psicológico / Ficción especulativa Extensión: 
Público objetivo: Lectores de ficción contemporánea con sensibilidad por lo simbólico, crítica social y atmósferas psicológicas intensas.

Disponible para Editoriales.



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